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El día que se marchó: la historia de una sobreviviente

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“Una mujer está sola”, escribió Aída Portalatín, un poema que, entre otros temas, abraza la violencia a la mujer y resalta un poco de lo que día a día, durante décadas, se ha vivido.

Aunque a muchas no les alcanza la vida para contarlo, otras corren con mejor suerte. Una luchadora y sobreviviente de esta realidad social, quien prefiere ocultar su identidad para que sus hijos no revivan esos duros momentos, lleva el denso peso de años de amargura que se posa sobre sus recuerdos.

Caminando a paso lento, ya avanzada la tarde, y trayecto abajo por la Calle del Sol, entre el ruido del tráfico, ella aclara su voz y empieza a relatar su historia.

“Yo pensaba que era lo mejor que me había pasado en la vida”, fueron las palabras con las que se adentró en su memoria, tan clara como el agua a pesar del tiempo, e inició a contar. Durante los primeros años, la relación era, como dirían algunos, de “color de rosa”, donde nunca hizo falta pan en la alacena, pese a que no trabajó y solo su marido sostenía económicamente el hogar.

Sin embargo, como con toda rosa, las espinas brotan: “Un día”, cuenta pausadamente, con los ojos perdidos, como quien se adentra en los recuerdos, “yo abrí la puerta de la habitación”. Parados inmóviles y atónitos quedaron tres individuos y su esposo, mirando hacia la intrusa, con sus narices recubiertas de un polvo blancuzco.

Hoy, una década y media después, recuerda exactamente el sonido que hizo la cerradura y la puerta al abrir, en ese momento que marcó el principio de lo que muchas han tenido que vivir. “Ya de ahí, no volvió a ser el que era”, expresa.

“Si le dice’ a alguien, tus hijos aparecerán lleno’ e’ moca”, fue la advertencia que la frenó de marcharse muchas veces. Con fuertes golpes en el cuerpo y el peso de la tristeza, el miedo y la impotencia, se quedó.

Un día, cuando lo esperaba recostada sobre su cama, él se lanzó con furia e ímpetu contra ella, con hacha en mano. Ella temblaba, sentía cómo el líquido rojo y espeso de su cuerpo se derramaba por su piel cálida, desde la cabeza hasta sus pies. Nunca acudió a un médico para curar sus heridas, sino que tuvo que aprender a sanar sola, con la ayuda de algunos trapos viejos. “Él me trancaba con el candado”, agrega, con cierto pesar en la voz.

Así vivió varios días, meses, hasta años; entre sangre, lágrimas y sudor. Su vecina, la que en varias ocasiones se le acercaba entristecida, le decía: “yo te tengo como colgada del alma”, era su única aliada.

Un día decidió marcharse, aún con temor. Fueron tres veces las que acudió a las autoridades, quienes se quedaban indiferentes e ignoraban sus llantos desconsolados.

Lo que la llevó hacia delante fue su lucha constante, su valentía, incluso cuando sus lágrimas se habían secado tantas veces.

La tercera fue la vencida. Alguien entre los presentes, que había escuchado su historia, la refugió, a falta de casas de acogida para mujeres violentadas. A partir de ahí, sus días tomaron más color. Luchó por su vida, siguió adelante por sus hijos… se empoderó.

Hoy, aunque con cicatrices sobre su piel bronceada y heridas emocionales difíciles de borrar, cuenta su historia a otras mujeres, para impulsarlas a que sean ellas las que escriban el guion de su vida.

SEPA MÁS

Karina Tavárez, psicóloga clínica

Comportamientos El posible violentador actuará con desconfianza, control, mal manejo de la ira, agresividad verbal y física, poca amabilidad, baja tolerancia a la frustración, violencia no verbal (como gestos), entre otros. En público, muestra otra cara de cortesía.

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