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“Aquí se llevan hasta las cabezas de los muertos”

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El descuido en que han quedado los cementerios públicos en el país está llegando a un nivel que provoca indignación en quienes tienen allí sepultados a sus parientes.

El cementerio Cristo Salvador, ubicado en Santo Domingo Este, es otro ejemplo de un descuido mayor.

Su entrada, con una notoria limpieza, pocas calles en buen estado y nichos con diferentes colores, incluso identificables a lejana vista, son simples sombras de los tantos desórdenes que se esconden en el interior de este camposanto.

Desde que una persona camina unos cuantos metros más allá de sus primeras áreas o calles, y se traslada a la manzana número ocho, tendrá que observar a su alrededor el pavoroso deterioro del cementerio.

Una de las primeras tumbas que se acierta en esa manzana, sin nombre, solo con una cruz de identificación y con el número 75 marcado, cautiva la atención y curiosidad de todos los que acudan a visitar a su difunto, por los tres huesos humanos que tiene el panteón en su interior.  Un hoyo en el concreto deja ver la osamenta al descuido.

Además de los huesos, la yerba y la tierra han forrado aquella tumba que ha quedado en el abandono de sus familiares y del personal que allí labora.

Las grietas de esta sepultura, ubicada al lado del difunto Ramón Manuel Pérez y la rotura de su parte superior muestran los indicios de profanación que existen en este cementerio.

Encontrar tumbas profanadas es una problemática frecuente en el Cristo Salvador que parece no tener control. Esta no es la única situación expuesta.

Tumbas perforadas

Otro panteón localizado detrás de la fosa de la familia Rosario, presenta el hueco del material destruido que compone su parte superior e inferior.  A pocos centímetros, sólo se hallan los restos del cráneo de aquella persona que fue sepultada en esas tierras.

También tiene la cruz rota, colocada sobre los materiales destrozados con los que se cimentó y la basura a su alrededor.

“Aquí se llevan hasta las cabezas de los muertos, y más de eso”, afirmó uno de los empleados, quien se reservó su nombre.

El sinnúmero de tumbas por cualquiera de los lados obliga a que los pobladores que visiten y que recorran las vías de este camposanto, restrinjan sus pasos al subir o saltar las tumbas de una en una para lograr avanzar. No obstante, a esto se suma el cúmulo de gramas, botellas plásticas y flores marchitas en el suelo.

Las exposiciones de los huesos a plena luz del día provocan espanto. Este es el caso del panteón solo identificado como el nombre de “Cándido” en la manzana número 9, que en la parte de su techo tiene de exposición un hueso amarrado a una soga quemada hasta sus últimos trozos.

Otro sepulcro sin identificación y ubicado en el mismo espacio, refleja los trozos del cráneo del difunto y el hueso tibia, arropado por pedazos de madera y varillas.

“Eso es por el descuido de los parientes de los muertos. Nada más vienen, lo entierran, lo tiran ahí y se olvidan de ellos”, alegó otro de los trabajadores.

Más huesos por todas partes

A medida que avanzaba la caminata de los reporteros del Listín Diario fue común encontrar en el suelo los restos de los fallecidos, entre ellos un fémur, húmero, cráneos. Nichos abiertos y cruces sin calificativos.

En algunos de los escombros que tienen conexión con los nichos, se observó la variedad de prendas de vestir, acompañados de botellas de agua, cervezas y hasta botas cubiertas de lodo, que revelan que la persona que las cargaba se las quitó y nunca más volvió por ellas.

Sepa más

Cristo Redentor

Una situación de deterioro de los cementerios públicos de la capital comenzó a ser expuesta por Listín Diario el miércoles, con la publicación de un reportaje sobre el camposanto Cristo Redentor, en el Distrito Nacional.

“Aquí hay miles y miles de tumbas y a veces algunos desaprensivos entran de noche y esto se sale de control. Eso es algo que pasa en prácticamente todos los cementerios del país, la profanación de tumbas por desaprensivos.   Hay muchos que entran, sobre todo de noche, vuelan las paredes y no tienen esa sensibilidad humana”, admitió Juan Guillermo Acosta, administrador del cementerio.

Del interior del camposanto se desprende la fetidez de los cadáveres en descomposición, que llega hasta los vecinos.

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